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En el Umbral de la Gehena Ardiente

La doctrina ortodoxa cristiana sobre los espíritus del mal y sobre el juicio de Dios que padecerán esos espíritus

Obispo Alejandro Mileant

Traducido por Irina S. Bogdaschevski

Contenido:

Introducción.

Doctrina de las Sagradas Escrituras sobre los espíritus del mal.

Los endemoniados y los poseídos.

Las redes del demonio.

La tentación del ocultismo.

Cómo defenderse de los espíritus del mal.

En el umbral de la gehena ardiente.

Conclusión.

En el apéndice: dos oraciones exorcistas.

Introducción

"Introduciré la hostilidad entre tu y tu mujer y entre tus descendientes y los de ella. Ellos te picarán en la cabeza y tú a ellos en las plantas de los pies" (Génesis 3:15).

El hombre que busca solamente intereses materiales y sensaciones físicas, no medita sobre los problemas abstractos, tales como la presencia de Dios, la existencia del mundo espiritual con sus espíritus del bien y del mal, sobre la vida después de la muerte. Este hombre está sumido totalmente en sus problemas cotidianos. Pero, de pronto, alguna conmoción lo sacude y él comienza a sentir la necesidad de comprender su vida, de buscar la meta de su existencia. Y he aquí cuando él comienza a reflexionar sobre la parte éticoespiritual de la vida y pronto llega a una conclusión de que la ciencia sola, en la que él creía hasta ahora, no está en condiciones de ayudarle a solucionar sus problemas vitales más importantes.

Si su religiosidad no ha sido destruida totalmente, él necesita recurrir a Dios, comenzar a rezar y a leer las Sagradas Escrituras. Y si éste impulso no es superficial y momentáneo, sino una verdadera ruptura en su existencia, un deseo ferviente de llegar a ser una persona mejor, Dios empezará a cederle nueva vida a su corazón y proporcionarle horizontes nuevos a su mirada interior. Entonces el hombre comenzará a percibir claramente la mano del Señor como su guía, a sentir Su presencia y Su bondad paternal. Comprenderá que el mundo es más amplio y más complejo de lo que él se lo había imaginado. Se dará cuenta y con mayor precisión de cuál es la diferencia entre el bien y el mal, se percatará de la existencia de un mundo espiritual con sus entes invisibles que influyen en su vida, unos para bien y otros para mal y que además del Dios Creador hay otros espíritus, ángeles y demonios.

Es sumamente importante y de gran interés reconocer ese mundo espiritual. ¿Pero de dónde podremos obtener este conocimiento? Los escritos sobre este tema son múltiples, muy contradictorios y llenos de inventos y de todo tipo de fantasías. Sin embargo, la enseñanza que nos transmite la Sagrada Escritura sobre este tema, a pesar de ser muy concisa, es clara y exacta. Las Sagradas Escrituras nos enseñan que existen los luminosos ángeles del bien y que cada cristiano tiene su Angel de la Guarda. Además de los Angeles existen los demonios. Las Sagradas Escrituras y la experiencia vital nos demuestran que estos últimos existen realmente y representan no un aparente, sino un real y constante peligro. Lo mismo que en la sociedad humana, donde al lado de los miembros normales y bienintencionados se encuentran también delincuentes, degenerados, psicópatas, sudistas, etc., así lo mismo en el mundo espiritual, además de los Angeles del Bien, existe la "escoria" del mundo espiritual, los demonios, espíritus del mal. Igual que en ese mundo nuestro, donde nadie nace siendo delincuente, sudista o depravado, sino que se hace con el tiempo a causa de su vida disoluta y pecaminosa, así también en el mundo invisible todos los entes eran al principio bondadosos y bien intencionados, pero luego algunos de ellos, al elegir el camino errado, se corrompieron y se hicieron conscientemente malignos. A causa de su actitud delictiva se nubló su mente angelical y ellos se transformaron en entes malos, impulsivos y confusos. Ellos encuentran satisfacción en causar sufrimiento a los demás y en sembrar el mal.

En este librito haremos conocer al lector la doctrina ortodoxa cristiana sobre los ángeles caídos, le explicaremos cuál es la finalidad que persiguen, cuáles son sus métodos de seducción y de propagación del mal y cómo hay que protegerse de sus maquinaciones. Un capitulo especial dedicaremos al ocultismo y demonismo actual, que abarcan campos cada vez más amplios en la sociedad humana. Observando con inquietud el éxito actual de la "espiritualidad tenebrosa" uno recuerda los vaticinios de las Sagradas Escrituras: "¡Pobres aquellos que viven en la tierra y en el mar! ¡Porque descendió hacia ellos el demonio en su furia grande, sabiendo que ya le queda poco tiempo!" (Apocalipsis 12:12). Pero el único consuelo es la seguridad de que el actual éxito del príncipe de las tinieblas vaticina su próxima derrota total y su castigo, cuando volverá a la tierra nuestro Señor Jesucristo, acompañado de Santos y de Angeles. Entonces "al demonio lo sumergirán en el lago sulfuroso y ardiente y allí sufrirá tormentos de día y de noche, y por toda la eternidad!... Alégrate, oh Cielo, porque éste ha sido su veredicto que le ha dictado el Creador!" (Apocalipsis 18:20, 20:210) Después de la derrota de todas las fuerzas del reino de las tinieblas vendrá una nueva fase de la existencia y los Justos que supieron vencer las tentaciones del espíritu seductor, se iluminarán como sol en el Reino de Dios su Padre.

Las Sagradas Escrituras

Sobre Los Espíritus Malignos

Las Sagradas Escrituras enseñan que además del mundo material visible, existe un enorme y variable mundo espiritual. Este mundo es tan distinto del nuestro y tanto más fecundo, que no estamos en condiciones de comprenderlo en su totalidad ni de imaginarlo cabalmente. Sin embargo, a pesar de las diferencias sustanciales ambos mundos, el espiritual y el físico, se contactan en alguna medida. El mundo espiritual se divide en dos desiguales y hasta contrarias esferas de la existencia. A una de ellas se suele llamar "el cielo", es el reino luminoso, donde el Creador muestra su Gloria a los espíritus benignos. Allí moran los ángeles y las almas de los justos. Otra esfera que es "el infierno", es el reino de las tinieblas y el lugar de los padecimientos, donde sufren los demonios y las almas de los pecadores. Los demonios, lo mismo que los ángeles, no son realmente autónomos. A pesar de ser inmortales, no son eternos, solamente Dios es eterno.

Mucho antes de la creación de nuestro mundo físico, Dios creó el mundo espiritual habitado por los ángeles, seres racionales y bondadosos, a quienes Dios les ha dado, además del raciocinio, también el libre albedrío y otras diferentes facultades, similares a las nuestras, pero más perfeccionadas.

En algún periodo de su existencia, evidentemente, antes de la creación de nuestro mundo material, ocurrió una tragedia en el mundo de los ángeles. Cierta cantidad de ángeles, encabezados por Lucifer, uno de los ángeles más allegados a Dios, se insubordinó rebelándose contra el Creador. El Apóstol Juan describe así este acontecimiento: "Y se declaró la guerra en los Cielos: el arcángel Miguel y sus Angeles luchaban contra el Dragón (el diablo), y el Dragón y sus ángeles se batían contra ellos. Pero estos fueron derrotados y no se encontró más lugar para ellos en el Cielo. Y fue derribado el gran Dragón, el antiguo áspid llamado diablo o satanás, tentador de todo el universo, y fue tirado abajo, a la tierra junto con sus ángeles" (Apocalipsis, 12:79). El Señor Jesucristo menciona solamente este acontecimiento, diciendo que El "vio a satanás cayendo del Cielo como un rayo" (Lucas 10:18). Los Apóstoles Pedro y Judas Tadeo también mencionan de modo muy somero este suceso, diciendo solamente que algunos de los ángeles no han podido conservar su dignidad, pero han abandonado la morada que les fue adjudicada. Por eso llevaron las ataduras de la noche eterna a la espera del Juicio Final Divino (2 Pedro 2:4; Judas 6).

Observación: Al leer por primera vez el texto anterior el lector pensaría, quizás, que la batalla en el mundo de los ángeles se armó cuando el mundo ya estaba creado. Sin embargo, teniendo en cuenta que el Apocalipsis a menudo reúne en una sola visión varios acontecimientos unidos entre si, no por medio de la sucesión cronológica, sino por la afinidad de conceptos, se considera que la descripción apocalíptica no dice que el mundo ya existía cuando el demonio se sublevó contra Dios, sino que la guerra que el diablo dirige ahora contra todos nosotros en la tierra había realmente comenzado aun en el Cielo, y que el diablo sufrió la derrota total en aquella guerra y lo mismo le sucederá en nuestros tiempos después de la llegada de Cristo y juicio divino.

Comparando diferentes escritos de las Sagradas Escrituras se llega a la conclusión de que la causa de la desviación del Lucifer fue su orgullo (Sirácida 10:15; Tim. 3:16). El profeta Isaías de una manera pintoresca describe la soberbia del Lucifer cuando lo representa como a un orgulloso dictador pagano: "¡Como te has caído desde el Cielo, Lucifer, hijo del alba, y te has despedazado contra la tierra, tu, el que ha pisoteado a los pueblos! Y te decías dentro de tu corazón: subiré al Cielo, más alto que las estrellas de Dios, subiré mi trono y me sentaré en la montaña rodeado de dioses, en los confines boreales. Subiré a las alturas nebulosas, idéntico al Supremo. Pero fuiste derribado hacia el infierno, a las profundidades abismales" (Is. 14:1215). Este cuadro de Isaías lo complementa el profeta Ezequiel, describiendo al Lucifer como a un orgullosos déspota del Tiro:

"Tu viste el sello de la perfección, la plenitud de la sabiduría y la corona de la belleza. Te encontrabas en el Edén, en el Jardín de Dios; tus vestimentas estaban adornadas con toda clase de piedras preciosas. Rubí, topacio y diamante; crisólito, ónix, jaspe, zafiro, carbúnculo y esmeralda y oro, todo engarzado artísticamente y enhebrado para adornarte, preparado ya para el día de tu creación. Fuiste ungido como serafín para que dieras tu bendición y Yo te he preparado para esto. Estuviste en el Monte Sacro de Dios, caminabas entre las piedras ígneas. Fuiste perfecto desde el día de tu creación, hasta que descendió sobre ti la rebeldía y la arbitrariedad. A causa de la amplitud de tus medidas internas te ha colmado el engaño y has pecado. Y entonces te he derribado como a un impuro, te derroqué desde el Monte Sacro, desde las rocas ardientes, a ti, Serafín bendiciente. Por ser tan hermoso tu corazón se llenó de orgullo, a tu sabiduría la mató tu soberbia. Por eso Yo te derribaré para que te caigas a la tierra, te haré pasar vergüenza ante los reyes terrenales" (Ezequiel 28:12-18).

De esta manera, uno de los ángeles superiores, portador de la luz divina, se alejó por orgullo de la misma Fuente Luminosa y se hizo tenebroso y sembrador de tinieblas. El quiso igualarse a su Creador, tener Su gloria y Su omnipotencia, pero así sólo se hicieron notorias su insignificancia y su ingratitud. Por sentirse impotente de entregar a los demás algo realmente valioso, se abasteció de mentiras, como única arma de seducción y de perversión, de tal manera que su propia substancia se transformó en mentira. Todo lo que él dice, hace o promete, son falacias descaradas, engaños, aunque a veces hábilmente vestidos de verosimilitud. A causa de ser eterno mentiroso, las Sagradas Escrituras le dieron el nombre de "satanás," lo que quiere decir en hebreo "el calumniador." En idioma griego le corresponde el nombre "diablo." Otros nombres suyos, tales como: serpiente, dragón, belcebul, veliar, príncipe de las tinieblas, príncipe demoníaco, enemigo del genero humano, espíritu del mal y otros, demuestran su ferocidad y carácter nefasto de su actividad. A los ángeles que siguieron su ejemplo las Sagradas Escrituras los llaman demonios, diablos, los impuros o espíritus del mal.

Al perder su conexión con el Cielo, el diablo dedicó toda su atención a los seres humanos, que fueron creados puros e inocentes. Los detalles de la seducción de los primeros seres en el mundo fueron descriptos en el tercer capítulo del Libro de Génesis. Al darse cuenta que Eva parecía mucho más accesible que Adán, el diablo preguntó con malicioso interés: "Es cierto que Dios les prohibió comer frutos de todos los arboles del paraíso?" Y Eva, sin darse cuenta de la vil astucia de esta pregunta mal formulada, trata de explicarle al provocador cuales son los frutos permitidos y cuales son los prohibidos. Al encontrar en Eva a una interlocutora ingenua y dispuesta a conversar, el diablo trata de convencerla explicando que Dios, por estar celoso de sus misterios y secretos, no quiere permitirles comer frutos del árbol del conocimiento del bien y del mal. Y si le hicieran caso a ella, la serpiente, se transformarán ellos mismos en dioses y conocerán todos los misterios. Al ganar la voluntad de Eva de transgredir la Ley Divina, seduce con su ayuda también a Adán. De esta forma, por medio del veneno mortal del pecado, el diablo agrede para siempre a la naturaleza humana. Mencionando este trágico momento en la vida de nuestros progenitores, Cristo Salvador lo llama al diablo "el homicida desde los principios de la existencia" (Juan 8:44).

Después de haber pecado los hombres se privaron de la alegría del permanente contacto con Dios y de seguir viviendo en el Edén. Se quebrantó en ellos el equilibrio interior entre las fuerzas físicas y espirituales, se debilitaron sus fuerzas morales y se hicieron proclives al pecado. Luego de transformarse en pecadores, no tuvieron más acceso al árbol de la vida y se tornaron mortales El autor del libro "Sabiduría Salomónica" ve en el diablo la causa de todos los males de la humanidad: "Dios creó al ser humano con el propósito de que fuese eterno, imperecedero y lo hizo a la imagen de Su propio Ser, pero a causa de la envidia del diablo la muerte apareció en la vida" (Sab. Solom. 2:2324). Después de haber fulminado a la humanidad ingenua con su aguijón mortal, la serpiente celebro su triunfo. Pero Dios Creador le advirtió que la lucha que el había librado, recién comenzaba y faltaba mucho para que termine. El diablo, seductor de la Mujer, sufrirá la derrota de la mano de un Descendiente de la Mujer. "Estableceré la enemistad entre el demonio y la Mujer, entre tus descendientes y los de Ella. Ella te herirá en la cabeza y tu a ella en el talón" (Génesis 3:15). Este magnífico vaticinio predeterminó el desarrollo posterior de la historia de la humanidad, que se transformó realmente en la lucha entre el espíritu seductor y la gente que busca a Dios. En el sentido más cercano a nosotros, este vaticinio se cumplió cuando el Señor Jesucristo, después de haber sufrido tanto en la cruz ("la herida en el talón"), había destruido la cabeza del antiguo dragón. En aquel entonces Cristo había "privado de fuerzas a los poderosos y gobernantes (el reino de las tinieblas) y con el gesto majestuoso exponiéndolos a la deshonra, triunfó sobre ellos simplemente con el peso de Su Persona" (Col. 2:15). En forma más amplia, esa profecía se cumple en la vida de todo cristiano, cuando él, armado con las fuerzas de Cristo, resiste al Tentador (Lucas 10:19), aunque le tocara sucumbir, a veces como a Cristo, ante la presión de los sufrimientos físicos.

Posteriores escritos de las Sagradas Escrituras hablan poco del diablo. Sin embargo, se le describe siempre como a un astuto seductor y sembrador de todo el mal. Así, por ejemplo, el diablo cubrió de pies a cabeza a Job, el Hombre Justo, de llagas purulentas (Job 1:622); él se apoderaba del rey Saúl y lo torturaba (1 Samuel 16:1415). El diablo le sugirió a David una ambiciosa idea de organizar el censo de la población (Par. 21:1). El demonio Asmodeo mataba a los maridos de Sarra, hija de Raguil (Tobias 3:8). Con estas mismas cualidades: envidia, malicia y astucia se menciona el espíritu del mal en el Libro de los Reyes (1 Reyes 22:1923) y en el libro del Profeta Zacarías (Zac. 3:12).

ENDIOSANDO: Teniendo en cuenta la religiosidad natural de la humanidad, el diablo trata de desnaturalizar dicha religiosidad dirigiéndola hacia la superstición y el fanatismo. Fue el, quien había enseñando a la gente a endiosar a toda clase de ídolos, dioses falsos: a las fuerzas de la naturaleza, las estrellas y planetas, a los héroes legendarios, animales y monstruos, a todo lo que podría mover la imaginación del hombre primitivo. Oscurecida su mente por toda clase de supersticiones los paganos no comprendían que, endiosando los diferentes objetos, alegraban a los demonios, quienes aceptaban todos esos honores como si la gente se hubiera puesto al servicio de ellos (Deuteronomio 32:17; l Cor. 10:20).

Las Escrituras del Nuevo Testamento

Sobre los Espíritus del Mal

La divulgación de la idolatría y de toda clase de supersticiones en los tiempos anteriores al nacimiento de Cristo ayudaron a la toma de poder de los espíritus del mal en la sociedad humana. La demostración exterior de dicho poder se reflejaba en la gran cantidad de gente poseída por los espíritus del mal. Al llegar a nuestra tierra, el Señor Jesucristo comenzó en primer lugar a liberar, por piedad, a los poseídos del poder por el demonio (Mateo 12:24-29. Juan 3:8; Jud. 2:14). En las páginas del Evangelio el lector encontrar la descripción de muchos casos del exorcismo de los poseídos (Mateo 4:24; 8:16; 9:31; Marcos 1:32-34; Lucas 4:41; 8:2; 11:4). Los casos que tienen la descripción más detallada son: la curación de un joven poseído (Mat. 17:14-21;) de la hija de una cananea (Marcos 7:24-29) y de los dos poseídos de Gadar (Mat. 8:28-34; Marcos 5:1-19). En este último caso lo más notable es que la persona fue poseída no por un demonio solamente, sino por toda una legión de demonios, o sea, por una gran cantidad de ellos.

Estudiando atentamente las descripciones evangélicas de la curación de los poseídos, nos convencemos de que no se trata de los enfermos de epilepsia o de otras enfermedades nerviosas, sino del real y verdadero exorcismo, de la expulsión de los espíritus malignos, aunque invisibles, pero reales en su maldad, quienes gozan torturando a las personas. Para demostrar ante los que dudaban de toda la ferocidad de los demonios, el Señor Jesucristo les permitió una vez a los demonios abandonar al hombre para mudarse adentro de una piara de cerdos, que se encontraba cerca. Y he aquí, que ante los ojos de la multitud atónita la enorme piara de los cerdos enloquecidos corrió hacia el precipicio y se tiro al agua ahogándose (Marcos 5:13). Este hecho solo de la transmutación instantánea de los espíritus desde unos seres hacia otros excluye totalmente cualquier enfermedad psíquica común. Leyendo el Evangelio y también otros relatos sobre la expulsión de los demonios, se descubre toda una cantidad de determinados síntomas de la posesión diabólica. En primer lugar, los poseídos demuestran una especifica reacción de rechazo hacia todo lo sagrado y lo Divino. De esa manera, en presencia de Cristo los poseídos sufrían fuertes convulsiones. A menudo los demonios, alojados dentro de los pobres individuos, reconocían en Cristo al Hijo de Dios y por boca del poseído rogaban a Cristo de no apresurarse con el castigo y no arrojarlos al precipicio (Mat. 8:29; Mar. 5:7). Es notable, que durante esas conversaciones la voz del poseído no era natural, se deshumanizaba.

Toda la gente que los rodeaba se daba cuenta claramente que no era la persona que hablaba, sino alguien a través de esta persona. Finalmente, inmediatamente después de la expulsión del demonio, los que antes demostraban ser poseídos se transformaban en personas normales y todos los síntomas de la posesión demoníaca desaparecían sin dejar rastro. Esos síntomas específicos de la posesión demoníaca pueden observarse también en los poseídos de hoy. Si los escépticos no quieren creer en los milagros, solo del comportamiento de los poseídos pueden sacar las conclusiones de que el mundo espiritual existe. Volveremos todavía, más adelante, al tema de los poseídos.

Expulsión de los Demonios por los Apóstoles. Preparando a los discípulos para su próxima misión de predica universal, Dios les encomendó, entre otras cosas, de seguir la causa de la liberación de la humanidad de la coacción del demonio. "Y comenzó El Señor a enviarlos de a dos a las ciudades y aldeas y les dio el poder sobre los espíritus del mal, para expulsarlos" (Mat. 10:1; Luc. 9:1; Mar. 6:7). Los apóstoles no esperaban que los espíritus del mal obedecerían sumisos sus mandamientos verbales, y por eso, al volver después de su primer viaje de predicamento, le contaban con alegría al Salvador: "¡Oh, Señor, hasta los demonios se someten a nuestras órdenes, dichas en nombre Tuyo!" (Luc. 10:17). Entonces el Señor les encomienda, con mayor determinación todavía, perseguir y expulsar a todos las malignos espíritus del más allá. "Les doy aquí el poder de aniquilar serpientes y escorpiones y todas las fuerzas del mal, y nada los perjudicará a ustedes" (Luc.10:19) Justo antes de su Ascensión al cielo el Señor predijo que el sometimiento de las fuerzas demoníacas es el distintivo y el privilegio de la Iglesia: "A los creyentes los distinguirán las siguientes señales: expulsarán a los demonios en nombre Mío" (Mar. 16:17).

Y es cierto, realmente, que la prédica del Evangelio siempre venía acompañada por la expulsión de los espíritus del mal. Del Libro de Acciones de los Santos Apóstoles conocemos casos de la curación de los poseídos por el demonio que fue obra de Apóstol Pedro (Hechos 5:16), también lo hizo apóstol Felipe, cuando: "los espíritus del mal que abandonaban con alaridos a muchos poseídos por ellos" (Hechos 8:7). Después sabemos que el Apóstol Pablo expulsó a un espíritu profético del mal, del alma de una muchacha (Hechos 16:1618). Hay que tomar en cuenta que la Gracia de Dios fluía a menudo con tanta abundancia, que, por ejemplo, bastaba solamente tocar al poseído con alguna prenda que pertenecía a San Pablo, para que el enfermo se liberara de los demonios inmediatamente (Hechos 19:12).

Desde los tiempos de los Apóstoles las oraciones de conjuro contra los demonios se convirtieron en la parte indefectible del Misterio del Bautismo. Sin embargo, a pesar de que Nuestro Señor Jesucristo había vencido al príncipe de las tinieblas, le quitó todo el poder sobre los seres humanos y le dio a la Iglesia una gran fuerza para luchar contra el diablo y sus espíritus del mal. Debemos recordar que hasta los tiempos del Juicio Final Divino los espíritus malignos representarán para cada uno de nosotros un gran peligro constante. Por esa causa el Señor Jesucristo nos enseñó rogarle constantemente a Dios: "que no nos induzcas a la tentación y líbranos del espíritu del mal." "Sean sensatos y atentos," invoca a los cristianos el Apóstol Pedro "porque el enemigo de ustedes, el diablo, anda como el león rugiente buscando a la presa para tragarla" (1 Ped. 5:8).

Después de haber sido expulsado del cielo, el demonio y sus espíritus malignos concentraron todos sus esfuerzos en un ámbito muy cercano al nuestro, en la así llamada "esfera áurea." A la gente que lucha contra la fe cristiana o vive en pecado, el diablo la considera como a sus súbditos y los utiliza para atacar a la Iglesia. Según las palabras del Apóstol, esas personas viven "acatando la voluntad del príncipe de las tinieblas, del espíritu que se manifiesta en los actos de los hijos de la negación" (Efesios 2:2). Ahora analizaremos más detalladamente cómo actúa el diablo estando presente entre los seres humanos y cuáles son los métodos que él utiliza. Hablaremos en particular de los endemoniados y los poseídos, de las maneras de tentar y de apoderarse de la gente por medio del ocultismo y la magia.

ENDEMONIADOS-POSEIDOS

Las Sagradas Escrituras distinguen a los endemoniados de los poseídos y de las enfermedades psíquicas naturales (Mat. 4:24, 9:3234; Mar. 1:34; Luc. 7:21, 8:2). A causa de la extraordinaria complejidad de la naturaleza humana es difícil explicar con exactitud la esencia del endemoniadamiento. Lo que es claro, sin embargo, es su diferencia con respecto a la simple influencia del diablo, cuando el espíritu de las tinieblas trata de doblegar nuestra voluntad para que nos acerquemos al pecado. En éste último caso el ser humano conserva el control sobre sus acciones y puede rechazar la tentación por medio de las oraciones. Los endemoniados se diferencian de aquellos poseídos cuya razón y voluntad se encuentran en el poder del demonio.

Aparentemente en los endemoniados el espíritu maligno se apodera del sistema neuromotriz del organismo como si se interpusiera entre el cuerpo y el alma y así el humano pierde el control sobre sus movimientos y acciones. Hay que creer, sin embargo, que en el endemoniado el espíritu del mal no obtiene el control absoluto sobre todas las fuerzas de su alma, solamente se encuentran imposibilitadas de manifestarse. El alma puede en cierta medida pensar y sentir independientemente pero se siente impotente de manejar los órganos de su cuerpo.

Si nos imaginamos el alma como un pianista y el cuerpo como el piano, entonces al espíritu maligno se le puede comparar con un rabioso gorila que se ha metido entre el pianista y su instrumento y está aporreando las teclas con frenesí. Sin poder controlar su cuerpo, los endemoniados resultan ser víctimas del espíritu maligno quien los ha esclavizado y por ésta misma razón no son responsables por sus actos. Ellos son realmente los esclavos del espíritu del mal. El endemoniadamiento puede adquirir diversas formas exteriores. Algunas veces los endemoniados se alborotan y rompen todo a su alrededor aterrorizando a los presentes. En estos casos ellos a menudo demuestran una fuerza inhumana, como por ejemplo el endemoniado de Gadara que rompía todas las cadenas con las que le encadenaban (Mar. 5:4). Con todo eso los endemoniados se hacen daño a si mismos, como por ejemplo aquel adolescente endemoniado que durante el plenilunio se arrojaba una vez al fuego, otra vez al agua (Mat. 17:15). Pero a menudo las formas del mal se manifiestan en el endemoniado más suavemente, cuando la persona pierde por un tiempo sus capacidades naturales. Eso, por ejemplo, nos cuenta el Evangelio cuando se refiere a un endemoniado mudo, quien habló otra vez normalmente en seguida después de que Nuestro Señor lo haya liberado del demonio; o, por ejemplo, una mujer toda encorvada que se enderezó al liberarla el Salvador del diablo. Esta pobre mujer desgraciada había permanecido en esa posición durante 18 anos (Luc. 13:11).

En algunos casos los endemoniados demuestran la capacidad de clarividencia y adivinación. Por ejemplo, del Libro de Acciones de los Santos Apóstoles se conoce el caso de una muchacha adivina que por medio de sus vaticinios les permitía a sus dueños ganar buen dinero. Cuando el Apóstol Pablo la había liberado del demonio, ella perdió ese don de profecía (Hechos 16:1619). Aunque con la expansión de la fe cristiana los endemoniados comenzaron a desaparecer. Algunos, sin embargo, existen hoy todavía.

¿Qué es lo que lleva a ser un endemoniado y quién permite al espíritu maligno apoderarse del ser humano y atormentarlo? Según las opiniones del profesor Kurt Koch, un pastor alemán, quien dedicó más de cuarenta años de su vida al problema de los endemoniados y escribió sobre este tema unos cuantos estudios importantes, en todos los casos de su conocimiento la causa del mal de un endemoniado es haber sido seducido por el ocultismo: o es que dicha persona se dedicó al ocultismo en algún periodo de su vida, o pidió ayuda a un ocultista, o quizás en el pasado alguien de su familia tuvo que ver con el ocultismo. Hablando del ocultismo, nosotros nos referimos a la práctica del espiritismo, cartomancia, quiromancia, las curaciones extrasensoriales, la magia blanca y negra, yoga y todos los casos en general cuando la persona busca ayuda de los espíritus caídos (aunque no conscientemente). De esta manera, las personas que se dedican al ocultismo ponen en peligro no solamente a si mismos, sino también a sus hijos y nietos.

En nuestros tiempos, tiempos de renegar del cristianismo y entusiasmarse más y más con el ocultismo, cada vez mayor cantidad de personas cae bajo la influencia de los espíritus del mal. Es cierto que los psiquiatras tienen vergüenza de reconocer la existencia de los demonios y clasifican comúnmente a los endemoniados como atacados por las enfermedades psíquicas naturales. Pero una persona creyente debe comprender que ningún remedio ni sesión psicoterapeutica podrán expulsar a los demonios. Para esto se necesita la intervención de la fuerza Divina.

Aquí tenemos los principales síntomas del mal de los endemoniados que lo distinguen de las enfermedades psíquicas naturales (Kurt E. Koch, "Demonology, Past and Present," Kregel Publications, Grand Rapids, Michigan, 1973, pags. 3152):

Aversión hacia todo lo sagrado y hacia todo lo que tiene que ver con el Creador: Santa Comunión, la cruz, la Biblia, iconos, agua santificada, pan de la Liturgia, oraciones, incienso, etc. Resulta, que los endemoniados intuyen la presencia de un objeto sagrado hasta cuando estos objetos permanecen ocultos y se sienten entonces irritados, enfermos, pueden hasta incitarlos a los actos violentos.

Los cambios de la voz. Estos síntomas no se observan en los casos de una enfermedad psíquica o nerviosa. Como el habla está bajo el control del cerebro, nunca puede estar enteramente dominada por el demonio (sólo pueden estar dañadas las cuerdas vocales), entonces las palabras que pronuncia el endemoniado suenan de una manera poco natural.

Clarividencia. Los demonios no conocen el futuro, lo mismo que los ángeles, lo conoce solamente nuestro Dios Creador. Sin embargo, los demonios ven el pasado y observan el presente con mayor nitidez que la gente común. Siendo espíritus, ellos pueden avisarle casi inmediatamente al clarividente lo que sucede allí lejos, puede ser en otro continente, así que a la persona presente puede parecerle que el clarividente conoce el futuro. Cuando el clarividente predice el futuro, estas son siempre suposiciones. Los demonios, al tener una grande experiencia y conociendo muy bien la naturaleza humana, son capaces a veces de adivinar con bastante acierto lo que va a suceder. También es cierto que a menudo se equivocan. Además, algunas veces sus predicciones se cumplen no porque así estaba predestinado, sino porque la misma persona, autosugestionada con todo lo referente a su futuro, comienza a buscarlo inconscientemente, ayudando de esta manera al cumplimiento de las predicciones.

Súbitas curaciones. Un psiquiatra puede necesitar varios años para llegar a curar a su paciente de una enfermedad psíquica. Sin embargo, liberarse del poder demoníaco es cuestión de unos instantes, luego, todos los síntomas desaparecen y la persona, anteriormente endemoniada, recobra la normalidad.

Súbitos cambios de lugar. Existe el peligro de que el espíritu maligno que habita en el endemoniado, cambie súbitamente de lugar y se aloje en la persona que trata de liberar al endemoniado de los demonios o en algún pariente que estuviera presente en el acto. Este síntoma se distingue del peligro de "contagio" común al que se arriesgan los médicos y los psiquiatras. Es bien sabido que las personas que tienen el contacto permanente con los alienados pueden comenzar a manifestar diferentes anormalidades psíquicas. Además, el enfermo no experimenta ningún alivio si su medico demuestra los síntomas de "contagio." Sin embargo, en el caso de que el demonio se haya "mudado" ocupando el espíritu de otro individuo, el anterior endemoniado se libera totalmente del maligno, mientras su nueva víctima muestra inmediatamente la influencia del espíritu de las tinieblas.

A pesar de que nuestro Señor Jesucristo les ha dado a sus discípulos medios poderosos para expulsar a los demonios, no debe cualquier persona emprender semejante tarea. De las Escrituras del Nuevo Testamento se deduce un hecho muy importante que se refiere a los espíritus del mal, y es que ellos no pueden soportar de ninguna manera que se mencione ante ellos el solo Nombre de Cristo. Nuestro Señor Jesucristo tiene sobre ellos el poder absoluto e ineludible. Aún durante la vida terrenal de nuestro Salvador a los apóstoles les llamó poderosamente la atención de que un hombre expulsaba a los demonios con solo mencionar el nombre de Cristo. Turbados, ellos contaron este hecho a Cristo y pidieron permiso de prohibirle al hombre usar el Nombre Suyo. Pero el Salvador les contesto: "No lo deben prohibir, porque el que no esté en contra de nosotros, está a favor de nosotros" (Luc. 9:50) Era evidente que aquel hombre tenía sincera fe en Cristo, aunque se mantenía apartado.

De todos modos es peligroso que una persona común declare la guerra a los espíritus del mal, aunque tuviera como arma el Nombre de Cristo. El Libro de Acciones de los Apóstoles nos cuenta de lo impresionada que se sentía la gente al presenciar los milagros hechos en Nombre de Cristo, y particularmente, la expulsión de los demonios. Pues, he aquí, que los hijos de un sacerdote hebreo Skeva, sin ser cristianos, se dedicaban al exorcismo con fines de lucro, y quisieron probar un nuevo método que usaban los Apóstoles. Entonces, comenzaron a invocar el Nombre de Cristo para librar de los espíritus malignos a un endemoniado. De pronto ese mismo endemoniado les pregunto: "Conozco a Jesús, y Pablo me es conocido, pero ustedes, quienes son?" Y en ese mismo instante atacó a los exorcistas, los venció y los maltrató de tal modo, que ellos, desnudos y maltrechos, huyeron de aquella casa" (Hechos 19:1417).

Basándose en aquel caso podemos deducir que el Nombre de Cristo se debe invocar con gran fe y veneración, solo para la salvación de un alma, y no para los fines de lucro o para vanagloriarse. Además, es muy importante tener uno mismo como defensa el poder de Cristo, que se nos adjudicada si llevamos una vida cristiana. De la expulsión de los demonios, en general, es conveniente que se ocupen las personas autorizadas por la Iglesia, los sacerdotes, obispos, padres espirituales. En estos caso el entusiasmo personal y el atrevimiento son demasiado peligrosos. El diablo es un enemigo temible y astuto. La persona presumida, que comienza a luchar con él abiertamente puede pagar caro su imprudencia.

Los poseídos se distinguen de los endemoniados por el dominio que ejerce el diablo sobre la razón y la voluntad del poseído. En los endemoniados el diablo somete a su voluntad el cuerpo de la persona, pero sus cualidades razonables y volitivas quedan casi intactas, relativamente libres, pero debilitadas. Es cierto también que el diablo no puede someter por fuerza nuestra razón y nuestra voluntad. El lo consigue paulatinamente ayudado por la propia persona que rechazando a Dios y viviendo pecaminosamente cae poco a poco bajo su influencia. Como ejemplo de un poseído podemos nombrar a Judas el traidor. Las palabras del Evangelio: "Satanás se introdujo en Judas" (Luc. 22:3), no habla de un endemoniado, sino del sometimiento de la voluntad el discipulo traidor. Al principio Judas se unió a los apóstoles siguiendo un impulso de bondad y desinterés. Pero muy pronto perdió aquel interés fervoroso en Cristo y se decepcionó de la racionalidad y conveniencia de su misión. Para que sus esfuerzos no se pierdan totalmente Judas comenzó a sustraer en secreto algún dinero de la caja común cuyo contenido provenía de los aportes de la buena gente que daba limosna para ayudar a los necesitados. El mismo no se ha dado cuenta como el demonio poco a poco ofuscó su consciencia y comenzó a dirigir su voluntad. Finalmente, en la Ultima Cena el diablo poseyó por completo la personalidad del pobre discípulo y lo llevo primero a cumplir con su repugnante traición y luego a suicidarse el mismo.

Otro ejemplo de la posesión diabólica lo vemos en las autoridades judías que luchaban contra Cristo. Cualquier palabra que el decía ellos la rechazaban y la reprobaban, cualquier acto más sublime y generoso que el cumplía, ellos lo criticaban y lo ridiculizaban. No se dieron cuenta en su arrogancia que el diablo sometía poco a poco su consciencia y su voluntad para impedir la salvación de la humanidad. Es por eso que Nuestro Señor les había dicho: "Vuestro padre es el demonio y ustedes pretenden satisfacer los deseos lujuriosos de su padre" (Juan 8:44) Hubo muchos luchadores semejantes contra Dios Nuestro Señor, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, especialmente durante la revolución en Rusia.

Las personas poseídas por el demonio no son simplemente ignorantes religiosos o pecadores comunes, son seres cuya mente "está encegecida por el Dueño del Siglo" (2 Corintios 4:4) quien los utiliza para luchar contra Dios. Los endemoniados son pobres víctimas del Maligno, los poseídos son sus siervos activos.

Las Redes del Espíritu Maligno

"La desgracia para el mundo viene de las tentaciones," dijo nuestro Señor, pero también agregó: "Pero es necesario que aparezcan las tentaciones" (Mat. 18:7). "Necesario" es seguramente para nuestro beneficio. Dios, nuestro Señor, no quiere que nosotros seamos engreídos y despreocupados, pero sí quiere que crezcamos y nos perfeccionemos. Cristo nos ha parcialmente esclarecido el problema de las tentaciones en la parábola evangélica sobre la Cizaña en el Campo. "El Sembrador (Dios) sembró buenas semillas (el bien) en su campo, pero su enemigo (el diablo) sembró entre ellas la cizaña (tentaciones). Cuando los servidores se dieron cuenta que la cizaña creció, pidieron al amo que les permita escardar y desechar la cizaña, el no lo permitió, diciendo: "No, escardando y desechando la cizaña podrán ustedes arrancar también el trigo. Dejen que crezca lo uno y lo otro hasta la cosecha (juicio final)." Recién entonces "los ángeles echarán de Su Reino todas las tentaciones, a todos los injustos, y los tirarán al fuego" (Mat. 13:2442). En otras palabras, la prematura eliminación de las tentaciones daña el proceso del desarrollo espiritual de los hombres.

Lo mismo que en el mundo animal y vegetal, la lucha por la supervivencia permite el desarrollo de las especies más perfectas y resistentes, así también la lucha contra las tentaciones ayuda a la formación de almas más firmes y virtuosas. Como la buena aleación que se pone a prueba por medio del fuego, y el alumno por medio del examen, así el futuro ciudadano del Reino del Cielo se pone a prueba por medio de las tentaciones (1 Pedro 1:7).

De esta cita y de las otras citas sacadas de las Sagradas Escrituras podemos deducir que el accionar limitado del espíritutentador entra en los planes Divinos y es permitido para el beneficio de los seres humanos. Dios, nuestro Señor, no le permite al espíritu maligno apoderarse de nadie, excepto de aquellos que se le rinden solos, por su propia voluntad. ¿Cómo se puede explicar que un ángel, alguna vez luminoso y cercano a Dios, se haya dedicado ahora a los actos tan denigrantes y sucios, como incitar a los humanos a hacer toda clase de desmanes? Algunos creen que él, como un sádico, disfruta al torturar a la gente. Eso puede ser cierto, pero existe otra causa más importante. Acordémonos de que Lucifer se separó de Dios a causa de su extremo orgullo. El quería igualarse al Creador en Su gloria y Su poder, pero al sufrir la derrota de parte de los Angeles que permanecieron fieles a Dios, trata ahora de someter la mayor cantidad posible de personas. No lo puede conseguir mientras la gente que conserva en sus almas una pizca de bondad, se encuentra bajo la protección de Dios. Para dominarlos el diablo debe primero mutilarlos moralmente y esto lo consigue por medio del pecado. Induciéndolos a pecar a los humanos durante muchos milenios, el diablo se ha perfeccionado al máximo en este sucio arte. Aquí están sus métodos principales:

· Ocultamiento · Adaptación · Cambio paulatino · Obstinación · Mentira.

Para que una persona se tiente es importante, en primer lugar, que acepte esta tentación como su propio deseo: entonces se dedicaría perseverantemente a conseguir su propósito, creyendo que está luchando por su dicha y bienestar. Por eso el diablo trata de ocultar por todos los medios su presencia y se esconde detrás de las circunstancias, que el pinta como propicias. Además, antes de tentar, el diablo analiza atentamente el carácter de dicha persona, sus inclinaciones y sus flaquezas y de acuerdo a éstas, adapta sus tentaciones. El siguiente relato que encontramos en el Libro de Acciones de los Apóstoles ilustra muy bien esos métodos de tentar a la gente. Los primeros cristianos vivían tan estrechamente unidos y en concordia, que todo lo tuvieron en común. Los más pudientes de ellos vendían sus propiedades para poder con ese dinero ayudar a los hermanos más necesitados.

Gracias a este sincero amor fraternal nadie de los cristianos ha tenido dificultades, mientras los de afuera los consideraban como ejemplos para toda la sociedad. Y he aquí, que un hombre llamado Anania, una persona pudiente, temiendo que se lo consideraran avaro, decide vender también su propiedad y donar el dinero de la venta para las necesidades de la comunidad. Pero para no quedar pobre del todo, decide junto con su mujer Sapfira entregar solamente una parte del dinero obtenido de la venta, y la otra parte la escondería para "los tiempos malos." En principio, ellos estaban en pleno derecho de disponer de su dinero, pero el engaño consistía en que su idea era presentarse como personas absolutamente desprendidas. Cuando Anania entregó una parte de su dinero al apóstol Pedro diciendo solemnemente que estaba donando todos sus bienes, el apóstol iluminado por la sabiduría divina supo que Anania no estaba diciendo la verdad. Entonces le dijo: "¡Anania! ¿Por qué permitiste que satanás introdujera en tu corazón la idea de engañar al Espíritu Santo escondiendo una parte del dinero obtenido por la venta de tus tierras? ¿Acaso todo lo que poseías, ya no era tuyo?... No has mentido a los hombres, sino al mismo Dios" (Hechos 5:111) Al escuchar estas palabras Anania cayó muerto al instante.

Vemos con que astucia el demonio se aprovecho de la cobardía y de la vanidad de Anania. Este hombre no quería desprenderse de sus bienes, pero al mismo tiempo quiso tener la fama de un donante generoso. Entonces el diablo le sugiere un arreglo genial como conservar parte de sus bienes, recibiendo al mismo tiempo el agradecimiento de todos. Si Anania hubiera confesado que estaba donando una parte del dinero, esto no tendría nada reprobable. Pero su vanidad lo empujó para que dijera una mentira. El pudo haber engañado a las personas, pero no a Dios, nuestro Creador, quien prometía una gran recompensa espiritual a todos los que entregaban sus bienes a los menesterosos siguiendo el ejemplo del Salvador y aceptando como él la cruz de la indigencia.

El cambio paulatino es otra arma que esgrime con éxito el tentador. Teniendo en cuenta el rechazo natural que siente el ser humano con respecto al vicio, el diablo enseña a cometer pequeños pecados avanzando paulatinamente y acostumbrándolo a las culpas livianas. Con todo esto el diablo trata de calmar a la persona diciendole que esto sería solamente una insignificante desviación de la norma y que al conseguir lo que él se había propuesto, seguirá siendo un hombre honesto y virtuoso. Si la persona cede a la tentación, el diablo le propone otro, un pecado un poco más serio y con la misma justificación de que es sólo un desvío más. "Después harás un acto de contrición, de arrepentimiento", lo tranquiliza el tentador. Y así, poco a poco, mientras el hombre sigue cediendo a las tentaciones, también sigue hundiéndose más y más en el fango del pecado y no se percata de su dependencia pecaminosa, haciéndose esclavo de sus pasiones y presa del príncipe de las tinieblas.

Ilustraremos este momento con el siguiente ejemplo. Imaginémonos que un hombre encuentra caminando una billetera tirada. Abriéndola descubre una determinada suma de dinero, además de una tarjeta con el nombre y la dirección del propietario de la billetera. Su primera intención es devolver el bien que no le pertenece. Pero he aquí que el tentador se acerca a su oído y le aconseja en un susurro que lo más razonable sería apropiarse de este hallazgo. "Eso fue como una señal del destino de que pudiste encontrar dicho dinero en un momento tan difícil para ti. Y no puede considerarse un robo, porque se encontraba tirado a la vista de todos y pudo haber sido recogido por otra persona." En este momento interviene la consciencia y te dice que apropiarse de lo ajeno es un pecado y que habrá que buscar al dueño de la billetera. El también puede necesitar este dinero. Pero el demonio rechaza las consideraciones de la consciencia y trata de demostrar lógicamente al hombre que todo está en orden, que tu no has metido la mano en su bolsillo, lo que has encontrado tirado en la vereda es tuyo. Si el hombre le hiciera caso a la voz de su consciencia y devolviera el dinero a su dueño, sentiría una gran satisfacción de haber procedido honestamente y de no haberse aprovechado de la desgracia ajena. Pero si cediera a la tentación, el diablo lo aprovecharía para empujarlo a realizar otros actos deshonestos más severos para incitarlo a engañar, hurtar o robar directamente.

El método diabólico del avance paulatino podemos observarlo claramente en el ejemplo de Judas, uno de los doce discípulos de Cristo. Judas, siendo el tesorero de la comunidad de los apóstoles, tenía a su cargo la caja donde los fieles depositaban sus aportes para las necesidades de los discípulos de Cristo y también para repartirlos entre los menesterosos. Tener que ver con el dinero es siempre una tentación, y como lo deducimos del Evangelio, Judas ha cedido a dicha tentación. Comenzó poco a poco a llevarse algún dinero "en préstamo" de la caja común para sus propias necesidades. Teniéndole piedad al pecador, el Salvador trató de persuadirlo delicadamente, pero no tuvo éxito. Sin darse cuenta Judas se transformo en ladrón. Finalmente, la pasión de lucro lo embargó de tal forma, que vendió a su Maestro por treinta monedas. De esta manera el diablo se apoderó de uno de los más cercanos discípulos de Cristo y lo llevó al crimen más horrendo y al suicidio.

Sin tener acceso directo a la voluntad de la persona, el diablo trata de dirigirla por medio de los propios sentidos y pensamientos, que dependen a su vez de las circunstancias e impresiones exteriores. Por eso, el diablo se esfuerza en ofrecernos a través de nuestra vista y oído algunas cosas tentadoras. Solo a medida de que el hombre ceda a los sentimientos e ideas pecaminosas, el diablo obtendrá el poder sobre su voluntad y la doblegará a su gusto.

El diablo toma muy en cuenta nuestra inconstancia. El sabe que toda persona, aunque hubiera vencido miles de veces las tentaciones, siempre podrá ceder en un momento de debilidad o descuido ante una fuerte tentación de pecar. Por eso no deja nunca en paz a la persona hasta su ultimo suspiro. Al sufrir la derrota con la sucesiva tentación, el espíritu del mal espera obstinadamente una nueva ocasión para poder inducir al hombre hacia otro pecado. Siendo psicólogo experimentado, el diablo sabe que el hombre se siente especialmente débil en los momentos de cansancio y de decepción. Aunque a veces él espera que el hombre afloje sus tensiones y se haga menos atento y cuidadoso. Pues entonces, el diablo arremete como un vendaval y empuja al hombre hacia el pecado que fuese más afín a su naturaleza.

Precisamente gracias a su obstinación el diablo logró tentar al hombre justo más grande de los tiempos del antiguo testamento, al rey David. Después de haber vencido muchas persecuciones y vitales obstáculos, David llego finalmente a reinar sobre el Israel. Sus enemigos se dispersaron, las guerras se detuvieron, llegaron los años de la pacifica prosperidad y David sintió que sus tensiones se aflojaron bastante. He aquí, que una noche, al salir a la terraza de su casa, el vió en el edificio vecino a una hermosa mujer que se estaba bañando en una piscina. Quiso conocerla y supo que se llama Virsavia y que era la esposa de uno de los altos oficiales de su ejercito. La admiración a su hermosa vecina se transformo en un vehemente deseo y el rey David cometió el pecado. Virsavia se embarazó de esta unión ilícita y según las leyes hebreas debería recibir un castigo atroz ser apedreada. Queriendo salvarla de una muerte horrenda e infame, David retiró urgentemente al marido de las filas del ejercito para darle la ocasión de convivir por un tiempo con su mujer para que se pensara que el embarazo era el resultado de esta convivencia. Pero el marido de Virsavia no quiso tener relaciones con su mujer y volvió en seguida a su regimiento que estaba asediando una fortaleza enemiga. La situación parecía ser desesperada y el diablo le sugirió a David una salida genial de semejante atolladero: Mandar a Uria, marido de Virsavia, a una posición más peligrosa del combate para matarlo por medio de la mano enemiga. Ciertamente, Uria muere en esta línea de avanzada de mano del enemigo y David obtiene la posibilidad de casarse con la viuda y de esta manera ocultar el pecado de adulterio. El diablo obnubiló de tal forma su mente, que David perdió la capacidad de entendimiento sobre hasta qué punto era horrible su doble pecado.

Solamente después de que el profeta Nathan lo conminó al rey juzgar y dar su veredicto en un caso similar, David comprendió que había dictado el veredicto contra su propio crimen. Horrorizado, David cayó de rodillas y confesó públicamente sus pecados pidiendo perdón a Dios (2 Samuel cap 11). Jamás pudo perdonarse a si mismo este pecado y toda su vida posterior fue un acto de contrición dejándonos una oración de arrepentimiento (Salmo 50/51) que conmueve hasta hoy las almas de los pecadores arrepentidos. De esta manera Dios misericordioso liberó de las redes del diablo a Su Hombre Justo que había caído en las garras de la tentación.

Por medio de este caso o sus similares, Nuestro Señor nos enseña a no ser presumidos. "El que cree que está parado, que tenga cuidado de no caerse" (1 Corint. 10:12). Si el diablo con su ilimitada insolencia se atrevió a tentar hasta a Nuestro Salvador (Mat. 4:310), entonces, ¿quién puede sentirse a salvo de sus artimañas? Por eso mismo, poniéndonos en guardia, Dios Nuestro Señor nos enseña: "El espíritu debe estar alerta, porque la carne es débil. Permanezcan vigilantes y recen para no caer en la tentación" (Mat. 26:41). Pero el método principal del diablo que impregna toda su actividad y su esencia es la mentira, en todo y siempre mentira, la más impertinente y desvergonzada, pero a menudo hábilmente condimentada con una pizca de verdad, para darle el aspecto de mayor verosimilitud. Por eso Dios lo describió como "mentiroso y el padre de la mentira" (Juan 8:44).

El diablo trata de tergiversar todo hasta que no lo podamos reconocer por medio de nuestro entendimiento: un pequeño fracaso lo presenta como una enorme, incorregible tragedia, mientras una diversión o un pequeño logro los pinta como el asunto más importante de todos, casi como la meta de una vida. Guiándonos hacia el pecado, el trata de tranquilizarnos esgrimiendo la idea de que es sólo una absolutamente natural y perdonable debilidad. Y cuando la persona ya había pecado, entonces el diablo la sumerge en el desaliento y le infunde la idea de que había disgustado tanto a Dios, Nuestro Creador, que no vale la pena arrepentirse. Al hombre que se entrega desenfrenadamente a una pasión el diablo trata de convencerlo de que es demasiado débil para intentar liberarse de ella. Y a un hombre cuyo modo de vivir es de un santo, el diablo trata de inculcarle el sentimiento de gran orgullo. Los desvaríos de algunos filósofos y diferentes invenciones religiosas, él los presenta como magníficas revelaciones, mientras a la enseñanza del Evangelio la presenta como algo extraño y aburrido. A una persona que con todas sus fuerzas aspira tener una vida espiritual, él trata de tentarlo por medio del orgullo y la autosuficiencia. Algunas veces aparece vestido de ángel o del mismo Cristo para que el hombre orgulloso se sintiera mejor y más importante que los demás (2 Corint. 11:14). En las vidas de los Santos encontramos a menudo como, con apariciones similares, el diablo tentaba a los ascetas, que han demostrado una elevación espiritual considerable.

Guiado por una sed incontenible de poder el diablo no escatima ni fuerzas ni tiempo para transformar cualquier pequeña y natural debilidad humana en una indomable y repugnante pasión. Pretende que el hombre se ensucie totalmente para convertirse en alguien peor que un animal. Entonces, a través del pecado, el diablo se apodera del hombre y lo transforma en su esclavo y en su instrumento obediente.

Pero gracias a Nuestro Señor Jesucristo ese poder del diablo no es estable y sus cadenas de acero son más débiles que los hilos de la telaraña. Basta que el pecador arrepentido se dirija a Dios para que todo el poder diabólico se desparrame como un castillo de naipes. "Para esto ha venido el Hijo de Dios, para destruir lo que hace el diablo" (1 Juan 3:8). "Precisamente, es Dios el más fuerte, Quien ató al fuerte y desbarató sus receptáculos" (Mat. 12:29). "Por eso apurémonos a buscar al Salvador pidiendo ayuda y defensa. Por medio de una fuerte fe y una vida virtuosa enfrentemos al espíritu maligno, al espíritu caído, y el, como nos fue prometido, huirá de nosotros" (Santiago 4:7).








EL LAGO DE FUEGO